La memoria de los lugares. El lugar de la memoria.

«Si así fue, así pudo ser.
Si así fuera, así podría ser.
Pero como no es, no es. Eso es lógica.»

Alicia en el Pais de las Maravillas

(Lewis Carrol)

 

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Los sitios guardan memoria. No sé si para todos; apostaría el gato de Cheshire a que hay gente que tiene alma de serpiente y va dejando la piel en el camino, renaciendo cada tres segundos sin memoria; como aquella Doris de Nemo, tan azul y tan hueca; a mi en el reparto de lo de serpiente no me tocó lo de dejar la piel en el camino, sino lo de dejar-mela en lo que importa, pero ese… es otro tema.

Para mí los sitios sí guardan memoria. A veces como un tesoro escondido, con el que tropiezas sin mapa, y es como mil monedas de oro de un sólo golpe; otras, guardan memoria como quien guarda rencor, almacenándola para lanzártela a traición, con alevosía _de la nocturnidad prescinden, doy fe, porque no tienen horario (ni fecha en el calendario, que diría la canción)_

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De todos ellos, mi preferido es el pueblo donde pasaba los veranos de mi infancia y mi juventud; aquel en el que un paseo de apenas dos kilómetros parecía llegar al infinito; en el que la arena, de esa negruzca que se te quedaba pegada al cuerpo, guardaba más vida que cualquier arena fina de alguna paradisíaca playa; donde uno se bañaba a las dos horas de haber comido, pero no salía del agua en las cinco siguientes y el frío no existía… el frío no existía, no, ningún frío existía.  Un pueblecito de esos de costa que no aparece entre los lugares con encanto de la guía de moda, pero que tú siempre recordarás con el encanto que le dan los ojos de niña a todo.

Allí he estado unos días este verano y he vuelto a ver aquel cine al aire libre, donde ponían dos películas a la semana y te sentabas a comer pipas con la sensación de estrenar experiencias; allí he vuelto a ver a la pandilla, Madrid, Sevilla, Granada; y me he refrescado con una sangría dulzona a la orilla de un mar negro con la luna alumbrando a medio gas; allí he visto doscientas estrellas caer un doce de agosto venciendo el relente con el calor de la amistad. Allí he encontrado un faro que a veces es mi norte y mi guía; me he enamorado, desenamorado y dejado que me enamoren. Allí, hemos sido tahúres del cinquillo y del continental, invencibles frente a la siesta a base de café con hielo. Y al caer el sol nos hemos vestido de bonito, atravesando los dos kilómetros una vez más, para engañar a la noche con la piel morena y el alma aún intacta.

Todo eso lo he vivido este verano; a pesar de que no he vivido nada. Porque mi pueblo ya no es el que era, o quizás ahora es el que siempre fue (sí, dos kilómetros son, simplemente, dos kilómetros cuando te haces grande, y el infinito jamás volverá a ser una unidad de medida). Pero es lo que tienen los sitios que guardan memoria, que atesoran tus recuerdos y, al volver a ellos,  te sientes como en una de esas películas infantiles de fantasía, de mundos paralelos, donde el real esconde una puertecita por la que se accede a un universo de magia.

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Y, en ese universo de magia, mi cine de verano al aire libre, sigue en pie, proyectando aquella película de besos en una sesión ininterrupida  a pesar de que, en su lugar, ahora se levanta un bazar chino que vende de todo menos arena negruzca que se te pega al cuerpo y que guarda más vida que la arena de una playa paradisíaca. En ese universo paralelo, mi abuela sigue esperándonos en aquella mecedora que conserva su calor y con la que se asomaba a “la fresquita”. Y el verano vuelve a tener, una vez más, la cualidad de lo irrepetible por más que se repita.

Y a veces es tan vívida esa memoria, te habla tan al oído y por tu nombre, que te dan ganas de tocar a la puerta de aquella amiga o de aquel amigo a las cuatro de la tarde y decir “bajas?”. Y juro que aún hoy me cuesta saber qué es más verdad, si ese bazar chino que no vende ni venderá jamás arena o aquel cine de mi infancia que ya no existe.

Hoy finalizan mis vacaciones, después de casi un mes fuera, y ayer volvía a casa, cargada de trastos, como siempre cuando vuelvo, pero más ligera que nunca. Y no sé si os pasa pero yo cuando vuelvo después de estar tiempo fuera, abro la puerta de casa con expectación, como si lo que hubiera detrás no fuera mi casa, mis cosas, …yo; a lo mejor espero que haya cambiado (algo) en mi ausencia, como yo misma he cambiado lejos de ella. Pero no, ayer cuando abrí la puerta de casa seguía siendo mi casa, mis cosas, todo seguía en el mismo orden de antes de marcharme aunque ya no sea yo la misma que se fue, ni mi orden siga siendo el que era, o al menos no del todo.

A lo que iba: mi casa, como mi pueblo de los veranos, también guarda memoria en alguno de sus rincones y al abrir la puerta estaba ahí, esperándome, pegada a las paredes, enmarcada; pintada de colores con la espalda apoyada en un atril; sobre la cama, enredada en la almohada; en los muebles de la cocina; en la televisión aún apagada; en la lámpara del salón, colgando hacia abajo como queriendo tocarme; y, por un momento, he podido sentir los goznes de esa puertecita del universo paralelo, abriéndose e invitándome a entrar. Pero esta que vuelve no quiere entrar, porque tras ella no hay universo de magia sino un puñado de recuerdos reducidos a polvo, el hollín de una vieja chimenea que ya no calienta, y yo vuelvo cargada de energía, de colores, de pueblos de verano, de calor del que aviva el alma, y de Libertad.

Por eso, mientras le lavaba la cara a mi casa (a mis cosas, … a mi), como haciéndola de nuevo mía, he decidido prescindir de objetos, porque objeto es aquello que está inerte, que no late, que no respira junto a tu oído, y uno a uno los he ido separando de su sitio, de mi sitio, para dejar el espacio vacío, o lo que es lo mismo, expectante, como si fuera una niña que estrena zapatos nuevos y no puede evitar la ansiedad, la emoción, de imaginar  qué camino recorrerá con ellos, que nuevas imágenes guardará sujetas a la pupilas y prendidas en los marcos de la pared, de qué nuevas memorias se llenará cada rincón.

Porque hay sitios que guardan memoria pero hay memorias que deben guardarse en algún sitio, a cal y canto; aquellas que perdieron la magia, que dejaron de latir.

Me pregunto qué nuevas memorias guardará mi casa cuando, al acabar el verano que viene, abra la puerta y sé que sean las que sean… comienzan Mañana.

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(As time goes by, versión de Halie Loren)

«You must remember this
A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh.
The fundamental things apply
As time goes by.»

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